La esperanza después de Las batallas en el desierto
"Los problemas quizá no sean tan distintos; lo que parece haber cambiado es nuestra relación con la esperanza. Hoy sabemos que el tiempo, por sí mismo, no resuelve nada."
15En días pasados leí por primera vez Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, por recomendación de Álvaro. Es un libro extraordinario. En pocas páginas logra transportarnos al México de otra época, arrancarnos alguna sonrisa y, al mismo tiempo, dejarnos con una extraña sensación de familiaridad. Es una lectura que puede terminarse en poco más de una hora, pero cuyas preguntas permanecen mucho tiempo después.
Hubo, en particular, un fragmento del primer capítulo que no me dejó tranquilo. Creo que a muchos lectores podría provocarles una sensación semejante.
El protagonista, Carlos, un niño de secundaria, nos habla de las quejas de los adultos de aquel México: “Los mayores se quejaban de la inflación, los cambios, el tránsito, la inmoralidad, el ruido, la delincuencia, el exceso de gente, la mendicidad, los extranjeros, la corrupción, el enriquecimiento sin límite de unos cuantos y la miseria de casi todos”.
La lista resulta actual. Inflación, delincuencia, desigualdad, corrupción, pobreza. Han pasado décadas y, aunque México ha caminado, muchas de aquellas preocupaciones continúan formando parte de nuestras preocupaciones y quejas cotidianas.
Pero inmediatamente después aparece una frase que me parece todavía más importante:
“Sin embargo había esperanza”.
¿En qué consistía aquella esperanza? En buena medida, en el futuro. En la idea de que el paso del tiempo, el desarrollo científico, la tecnología y el progreso terminarían por conducirnos hacia una sociedad mejor. El año 2000 aparecía como una especie de horizonte lejano en el que muchas de las dificultades del presente habrían sido superadas.
Ahí encuentro una de las diferencias más interesantes entre aquel México y el nuestro. Los problemas quizá no sean tan distintos; lo que parece haber cambiado es nuestra relación con la esperanza. Durante buena parte del siglo XX existió una confianza enorme en el progreso. La tecnología avanzaba, la ciencia parecía capaz de resolver problemas antes inimaginables y, después de las tragedias de las guerras mundiales, se construían instituciones internacionales bajo la promesa de evitar que algo semejante volviera a ocurrir. Para muchos, el futuro necesariamente tenía que ser mejor que el presente.
Hoy sabemos que el tiempo, por sí mismo, no resuelve nada.
Llegó el año 2000 y han pasado 26 años más, y seguimos hablando de pobreza, desigualdad, violencia, corrupción y exclusión. Al mismo tiempo aparecieron nuevos desafíos derivados de la globalización, las redes sociales, el deterioro ambiental y, más recientemente, la inteligencia artificial. Tal vez por eso hoy resulte más difícil hablar de esperanza. Y, sin embargo, creo que precisamente ahora necesitamos recuperarla. Pero para hacerlo primero debemos perder la esperanza ingenua.
Tenemos que perder la esperanza en las soluciones mágicas; en la idea de que basta esperar para que las cosas mejoren; en los discursos políticos que prometen transformaciones sin explicar cómo alcanzarlas; en la tecnología entendida como sustituto de la responsabilidad humana; y en la creencia de que el progreso ocurre inevitablemente. Esa esperanza sí debemos abandonarla.
Pero existe otra que debemos fortalecer, especialmente entre los jóvenes: la esperanza fundada en la acción humana. Una esperanza puesta en la formación de las personas, en la construcción de instituciones humanas, en la participación ciudadana, en la educación, en el desarrollo de las virtudes y en nuestra capacidad para hacernos responsables de la comunidad a la que pertenecemos.
Durante mucho tiempo hemos depositado una confianza enorme en la ciencia y en la tecnología. El problema comienza cuando pensamos que pueden sustituir aquello que únicamente las personas pueden construir. Los grandes problemas sociales no son solamente problemas técnicos. También son problemas humanos. Por eso nuestra esperanza no puede descansar en máquinas más poderosas, economías más grandes o tecnologías más sofisticadas. Debe descansar en personas mejor formadas y en comunidades capaces de construir instituciones justas y duraderas capaces de generar ciudadanos, capaces de hacer comunidad.
Quizá esta generación de jovenes no alcance a el fin último. Tal vez algunos de los problemas que hoy enfrentamos necesiten décadas para comenzar a resolverse. Pero eso no vuelve inútil nuestro esfuerzo, sino que lo hace más fuerte. Hay una forma de esperanza que no consiste en esperar que el futuro llegue, sino en trabajar para hacerlo posible. José Emilio Pacheco escribió sobre una generación que esperaba que el año 2000 resolviera muchas de sus dificultades. Nosotros ya conocemos ese futuro y sabemos que no ocurrió así.
Por eso nuestra tarea debe ser distinta. No esperar que el tiempo transforme a México, sino comenzar a construir, desde ahora, las personas, las instituciones y las virtudes capaces de transformarlo.
Porque quizá la esperanza no consista en creer que el futuro será mejor. Quizá consista en asumir la responsabilidad de hacerlo mejor.
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